03 / SALUD MENTAL

Salud mental

Ilustración de un cerebro en mosaico

En este bloque hablamos de todo aquello que ocurre más allá de lo que vemos. De cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo, con la comida, con los demás y, sobre todo, con nosotros mismos.

Aquí encontrarás conversaciones sobre emociones, autoestima, comparaciones, redes sociales, culpa, presión y todas esas cosas que muchas veces sentimos pero no sabemos cómo explicar.

Porque cuidar de nosotros no es solamente cuidar de nuestro cuerpo. También es aprender a entender lo que sentimos, cómo nos hablamos y cómo nos relacionamos con el mundo que nos rodea.

Antes de empezar

Información para entender, no recetas universales.

Nuestra forma de pensar, sentir y relacionarnos está conectada con nuestro cuerpo y con todo lo que nos rodea. Antes de hablar de salud mental, queremos empezar por entender qué significa realmente y por qué forma parte de nuestra salud.

Conoce la base

01¿Qué entendemos por salud mental?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS): “La salud mental es un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar sus capacidades, aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a su comunidad.”

La salud mental está relacionada con cómo una persona piensa, siente y se desenvuelve en su día a día. No significa sentirse bien en todo momento ni estar libre de preocupaciones, tristeza, estrés u otras emociones difíciles. Estas experiencias forman parte de la vida y pueden aparecer en distintos momentos y por diferentes motivos.

Por eso, hablar de salud mental no consiste en buscar un estado de bienestar permanente ni en comparar cómo debería sentirse una persona con respecto a otra. Cada situación debe entenderse teniendo en cuenta las circunstancias de quien la está viviendo. Cuidar la salud mental implica prestar atención a cómo nos encontramos, reconocer cuándo algo está afectando a nuestro bienestar y, cuando sea necesario, buscar apoyo.

Fuentes (1)
  1. Organización Mundial de la Salud (OMS)
02¿Cómo funciona nuestro cerebro?

La Organización Mundial de la Salud (OMS)⁠ describe la salud cerebral como “el estado de funcionamiento del en los dominios cognitivo, sensorial, socioemocional, conductual y motor”. Esta definición ayuda a entender que el cerebro no participa únicamente en procesos como pensar o memorizar. También interviene en la forma en la que percibimos lo que ocurre a nuestro alrededor, aprendemos, nos relacionamos, experimentamos emociones y respondemos ante diferentes situaciones.

Para que todas estas funciones sean posibles, nuestro cerebro cuenta con miles de millones de neuronas, células especializadas en recibir y transmitir información. El National Institute of General Medical Sciences (NIGMS), perteneciente a los NIH⁠, explica que los neurotransmisores son “mensajeros químicos que transmiten señales entre las neuronas”. En términos sencillos, cuando una neurona recibe y procesa una señal, puede transmitirla a otra mediante sustancias químicas que atraviesan un pequeño espacio llamado . De esta manera, la información puede continuar viajando de una célula a otra.

Las neuronas no funcionan de manera independiente. Forman redes que se comunican constantemente y permiten coordinar diferentes funciones. El National Institute of Child Health and Human Development (NICHD), de los NIH⁠ explica que el sistema nervioso está formado por el cerebro, la médula espinal y una compleja red de neuronas. Esta organización permite que la información se integre y que distintas áreas trabajen conjuntamente. Por eso, una experiencia aparentemente sencilla, como aprender algo nuevo, puede implicar diferentes procesos cerebrales al mismo tiempo: recibir información, prestarle atención, almacenarla y posteriormente poder recuperarla.

Además, el cerebro no permanece exactamente igual durante toda la vida. Tiene capacidad para adaptarse a las experiencias y a los cambios que se producen a nuestro alrededor. El aprendizaje y las experiencias pueden modificar las conexiones entre las neuronas, lo que permite adquirir nuevas habilidades y conocimientos. Esta capacidad de adaptación también ayuda a comprender por qué nuestras experiencias, nuestro entorno y aquello que hacemos de manera habitual pueden influir en nuestro funcionamiento cerebral.

Y aquí es donde el cerebro empieza a tener una relación especialmente importante con la salud mental. Pensamientos, emociones, comportamiento y experiencias no son elementos completamente separados: forman parte de procesos en los que intervienen el cerebro, el cuerpo y el entorno. Comprender cómo funciona nuestro cerebro no significa encontrar una explicación sencilla para todo lo que sentimos, pero sí nos permite entender mejor que nuestra forma de pensar, sentir y actuar está relacionada con procesos biológicos complejos y con las experiencias que vivimos.

Fuentes (5)
  1. Organización Mundial de la Salud (OMS)⁠
  2. National Institute of General Medical Sciences (NIGMS), perteneciente a los NIH
  3. National Institute of Child Health and Human Development (NICHD), de los NIH⁠
  4. who.int
  5. NINDS / NIH.
03¿Qué papel tienen las emociones?

Las emociones forman parte de la manera en la que nuestro cerebro interpreta y responde a lo que ocurre a nuestro alrededor. La American Psychological Association (APA)⁠ describe la emoción como un patrón complejo que incluye aspectos experienciales, conductuales y fisiológicos, y que aparece como respuesta ante acontecimientos que tienen importancia para la persona. Esto quiere decir que una emoción no es únicamente aquello que sentimos internamente: también puede provocar cambios en nuestro cuerpo y modificar nuestra manera de actuar ante una situación.

Las emociones también cumplen una función en la forma en la que prestamos atención y procesamos la información. La investigación recogida en PubMed señala que el procesamiento emocional está estrechamente relacionado con la percepción, la cognición, la motivación y la acción. Por ejemplo, ante una situación que nuestro cerebro considera relevante, la emoción puede hacer que prestemos más atención a determinados estímulos y que la información relacionada con esa experiencia adquiera una mayor importancia. Esto también puede influir en el aprendizaje y en la memoria.

Una de las estructuras cerebrales más estudiadas en relación con las emociones es la amígdala. Sin embargo, no sería correcto hablar de ella como si fuera simplemente “la parte del cerebro que controla las emociones”. La evidencia científica muestra que participa en diferentes procesos relacionados con la emoción, pero también con la memoria, la atención, la percepción y la toma de decisiones. Las emociones, por tanto, dependen de la actividad coordinada de diferentes regiones y redes cerebrales, y no de una única zona aislada.

Además, las emociones pueden producir respuestas en nuestro organismo. Ante determinadas situaciones, el cerebro puede activar respuestas fisiológicas que preparan al cuerpo para actuar: pueden cambiar el ritmo cardíaco, la respiración, la tensión muscular o el nivel de alerta. Un ejemplo es el estrés. La OMS explica que el estrés es una respuesta natural ante amenazas o situaciones difíciles y que afecta tanto a la mente como al cuerpo. Una cierta cantidad de estrés puede ayudarnos a afrontar determinadas demandas, mientras que un estrés excesivo o mantenido puede afectar al bienestar físico y mental.

Por eso, las emociones no deberían clasificarse simplemente como positivas o negativas. El miedo, la tristeza, la ira o la preocupación pueden resultar desagradables, pero eso no significa que sean emociones inútiles o que debamos intentar eliminarlas. Las emociones proporcionan información sobre cómo estamos respondiendo ante determinadas circunstancias y pueden influir en nuestra conducta. Lo importante, desde el punto de vista de la salud mental, es comprenderlas y poder responder a ellas de una manera que permita afrontar las situaciones sin que interfieran de forma significativa en nuestra vida.

La relación entre emociones y salud mental es especialmente importante porque la regulación de las emociones forma parte del funcionamiento psicológico. De hecho, la OMS, al hablar de los trastornos mentales, señala que estos pueden implicar alteraciones clínicamente significativas de la cognición, la regulación de las emociones o el comportamiento. Esto no significa que experimentar emociones intensas sea, por sí mismo, señal de un trastorno: las emociones forman parte de la experiencia humana. La cuestión está en cómo se presentan, cuánto duran, en qué circunstancias aparecen y hasta qué punto afectan al funcionamiento cotidiano.

Fuente: American Psychological Association (APA).

Fuente: American Psychological Association (APA).

Fuente: American Psychological Association (APA).

Fuente: Literatura científica sobre emoción y conducta.

Fuente: Literatura científica sobre emoción y conducta.

Fuente: Literatura científica sobre emoción y conducta.

Fuente: Literatura científica sobre emoción y conducta.

Fuente: PubMed

Fuente: Organización Mundial de la Salud (OMS).

Fuentes (8)
  1. American Psychological Association (APA).
  2. PubMed
  3. evidencia científica
  4. who.int
  5. who.int
  6. Literatura científica sobre emoción y conducta.
  7. PubMed
  8. Organización Mundial de la Salud (OMS).
04¿Por qué la salud mental forma parte de nuestra salud?

Cuando hablamos de salud es frecuente pensar primero en el cuerpo: en no tener una enfermedad, sentirnos físicamente bien o poder realizar nuestras actividades con normalidad. Sin embargo, la salud abarca mucho más. La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece en su Constitución que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Esta definición sitúa la salud mental como una parte de nuestra salud, junto con la dimensión física y social.

Esto significa que no tiene demasiado sentido pensar en la mente y el cuerpo como si fueran dos sistemas completamente independientes. Lo que ocurre en uno puede influir en el otro. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) explican que la salud mental y la salud física están estrechamente relacionadas y que ambas son componentes igualmente importantes de la salud general. Por ejemplo, determinadas condiciones de salud mental pueden estar asociadas a un mayor riesgo de desarrollar algunos problemas de salud física y, al mismo tiempo, convivir con una enfermedad física crónica puede afectar al bienestar mental de una persona.

Esta relación puede observarse también en situaciones mucho más cotidianas. Lo que pensamos y sentimos puede repercutir en nuestro sueño, en nuestra energía, en nuestra capacidad para concentrarnos o en la manera en la que afrontamos determinadas situaciones. Del mismo modo, el dolor, una enfermedad, el cansancio prolongado o determinadas limitaciones físicas pueden influir en nuestro estado de ánimo, nuestras preocupaciones o nuestra forma de desenvolvernos en el día a día. Esto no significa que un problema de salud mental vaya a provocar necesariamente una enfermedad física, ni que tener una enfermedad física implique desarrollar un problema de salud mental. Significa que ambas dimensiones están conectadas y pueden influirse entre sí.

De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que las condiciones de salud mental pueden afectar y, a su vez, verse afectadas por las condiciones de salud física. Cuando ambas aparecen conjuntamente, pueden influir en la calidad de vida, en el funcionamiento cotidiano y en los resultados de salud. Por este motivo, cada vez se reconoce más la importancia de abordar la salud desde una perspectiva integral, teniendo en cuenta a la persona en su conjunto y no separando de manera artificial aquello que ocurre en el cuerpo de aquello que ocurre a nivel mental.

El National Institute of Mental Health (NIMH) también señala que la salud mental es esencial tanto para nuestra salud general como para nuestra calidad de vida. Esto ayuda a entender que cuidar nuestra salud no consiste únicamente en prestar atención al cuerpo cuando aparece algún síntoma físico. Nuestra manera de sentirnos, afrontar las dificultades, relacionarnos, descansar o funcionar en nuestro día a día también forma parte de ella.

Por eso, hablar de salud mental no significa hablar de algo separado de “la salud de verdad”. La salud mental es salud. Nuestro bienestar físico, mental y social forma parte de una misma persona y está en constante relación. Entender esta conexión nos permite tener una visión más completa de nuestra salud y comprender por qué aquello que nos ocurre emocional o psicológicamente también merece atención.

Fuentes (4)
  1. Organización Mundial de la Salud (OMS)
  2. Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC)
  3. Organización Mundial de la Salud (OMS)
  4. National Institute of Mental Health (NIMH)
05¿Qué factores pueden influir en nuestra salud mental?

Nuestra salud mental no depende de una única causa. A lo largo de nuestra vida estamos expuestos a diferentes circunstancias que pueden influir en cómo nos sentimos, pensamos y afrontamos aquello que nos ocurre. Algunas tienen que ver con nosotros mismos, otras con nuestras experiencias, nuestras relaciones o el entorno en el que vivimos y, en muchas ocasiones, varias de ellas aparecen y actúan al mismo tiempo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) explica que los factores que pueden proteger o afectar a nuestra salud mental actúan en diferentes niveles. Esto ayuda a comprender que no podemos explicar el bienestar de una persona únicamente por su forma de pensar, su personalidad o las decisiones que toma. Nuestra salud mental también está relacionada con aquello que hemos vivido y con las circunstancias que nos rodean.

Factores individuales y biológicos

Existen características individuales que pueden influir en nuestra vulnerabilidad ante determinados problemas de salud mental. Entre ellas se encuentran la genética, nuestras habilidades emocionales o el consumo perjudicial de alcohol y otras sustancias.

También existen circunstancias capaces de influir en el desarrollo y funcionamiento del cerebro. Algunos factores durante el embarazo, el nacimiento y las primeras etapas de la vida, determinadas infecciones, los traumatismos cerebrales o la exposición a sustancias con efectos neurotóxicos pueden afectar a la salud cerebral y, con ello, relacionarse también con nuestra salud mental.

Pero no todos los factores individuales tienen que ver únicamente con nuestra biología. La manera en la que interpretamos determinadas situaciones y nos valoramos a nosotros mismos también puede influir en nuestro bienestar. Un ejemplo es la comparación social. Compararnos con otras personas es algo habitual y no tiene por qué resultar perjudicial. Sin embargo, cuando esa comparación se produce de manera frecuente y nos lleva constantemente a percibirnos como menos capaces, menos exitosos o en una situación peor que los demás, puede relacionarse con un mayor malestar psicológico.

Las redes sociales pueden facilitar especialmente este tipo de comparaciones, ya que nos exponen continuamente a información sobre la vida, la apariencia, los logros o las experiencias de otras personas. Aun así, comparar nuestra vida con la de los demás no siempre produce el mismo efecto: depende de qué comparamos, con quién lo hacemos, cómo interpretamos esa información y de nuestras propias circunstancias.

Por eso, tampoco deberíamos interpretar la comparación como algo que necesariamente tengamos que eliminar. Lo importante es entender que utilizar constantemente a otras personas como referencia puede modificar la manera en la que percibimos nuestra propia realidad, especialmente cuando olvidamos que estamos comparando vidas, circunstancias y momentos que nunca son exactamente iguales.

Pero hablar de genética, biología o determinadas características individuales no significa que nuestro futuro esté escrito de antemano. Tener una determinada predisposición o estar expuestos a un factor de riesgo no implica necesariamente desarrollar un problema de salud mental. Lo que somos interactúa continuamente con nuestras experiencias, nuestras relaciones y nuestro entorno.

Lo que vivimos durante nuestro desarrollo

Las experiencias que atravesamos, especialmente durante etapas sensibles como la infancia y la adolescencia, también pueden tener una influencia importante.

Crecer expuestos a situaciones de violencia, sufrir una crianza excesivamente severa, recibir castigos físicos o vivir situaciones de acoso escolar puede aumentar la vulnerabilidad ante determinados problemas de salud mental. A esto pueden sumarse circunstancias como el estrés mantenido, la falta de seguridad o unas condiciones de vida difíciles.

Estas experiencias importan, pero tampoco nos definen para siempre. Haber vivido una situación complicada durante la infancia no significa que necesariamente vaya a aparecer un problema de salud mental en el futuro. Las experiencias posteriores, las relaciones que construimos, los recursos que encontramos y el apoyo que recibimos también forman parte de nuestra historia.

Nuestras relaciones y el entorno social

Las personas con las que convivimos y nos relacionamos forman parte de nuestro entorno y pueden influir en nuestro bienestar. Sentirnos acompañados, escuchados y apoyados no es lo mismo que atravesar una situación difícil sintiéndonos completamente solos.

La soledad y el aislamiento social pueden tener consecuencias sobre la salud mental y física. Del mismo modo, vivir relaciones marcadas por la violencia, el abuso, el rechazo o la falta de apoyo puede generar un nivel de malestar importante.

También pueden influir acontecimientos vitales que alteran nuestra vida de manera significativa: una pérdida, una ruptura, un conflicto familiar, un cambio importante en nuestras circunstancias o la pérdida de vínculos y redes de apoyo.

Y, una vez más, una misma experiencia no tiene por qué afectar de la misma manera a todo el mundo. Perder un trabajo, terminar una relación o mudarse de ciudad puede significar cosas completamente diferentes para dos personas porque ninguna llega a esa situación con exactamente la misma historia, recursos o circunstancias.

Las condiciones en las que vivimos

Nuestra salud tampoco se desarrolla al margen de la sociedad. Existen circunstancias que muchas veces escapan al control individual y que pueden facilitar o dificultar nuestro bienestar.

Los llamados determinantes sociales de la salud hacen referencia a “las circunstancias en que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen”. Entre ellas encontramos aspectos tan importantes como la situación económica, el acceso a una vivienda adecuada, la alimentación, la educación, las condiciones laborales o las oportunidades disponibles en nuestro entorno.

Vivir en situación de pobreza, atravesar dificultades económicas continuadas, no disponer de una vivienda segura, tener problemas para acceder a alimentos suficientes o encontrarse con barreras para acceder a educación, servicios sanitarios u otros recursos puede aumentar la exposición al estrés y hacer más difícil afrontar determinadas situaciones.

Esto es especialmente importante porque a veces tendemos a interpretar el malestar como un problema exclusivamente individual. Sin embargo, no todo puede solucionarse cambiando nuestra manera de pensar o esforzándonos más. Hay circunstancias externas que también pesan y que forman parte de la realidad de cada persona.

Discriminación, desigualdad y exclusión

La discriminación, el estigma, la exclusión social y la desigualdad también pueden influir en la salud mental.

No es la identidad de una persona la que representa un riesgo. El problema aparece cuando alguien tiene que enfrentarse repetidamente al rechazo, a un trato desigual, a la violencia, a barreras para acceder a determinados recursos o a una menor disponibilidad de oportunidades por pertenecer a un determinado grupo.

Estas experiencias pueden generar estrés, inseguridad, aislamiento o una sensación continuada de no encontrarse en un entorno seguro. Por eso, cuando hablamos de salud mental también debemos mirar más allá de la persona y observar cómo la trata el entorno en el que vive.

El trabajo

Pasamos una parte importante de nuestra vida trabajando, por lo que las condiciones laborales también pueden influir en nuestro bienestar.

Un trabajo puede aportar estabilidad económica, relaciones sociales, una rutina, una sensación de utilidad y oportunidades para desarrollarnos. Pero el efecto puede ser muy diferente cuando las condiciones son inadecuadas.

Las cargas o ritmos de trabajo excesivos, la falta de personal, los horarios demasiado prolongados o inflexibles, la falta de control sobre el propio trabajo, unas condiciones físicas inseguras, la ausencia de apoyo por parte de compañeros o responsables, el acoso, la violencia, la discriminación, unas funciones poco claras, la inseguridad laboral, una remuneración insuficiente o las dificultades continuas para conciliar la vida laboral y personal son algunos de los riesgos que pueden afectar a la salud mental.

También pueden hacerlo el desempleo, la pérdida reciente de un puesto de trabajo o la inseguridad económica asociada a no saber si podremos mantener nuestros ingresos.

El entorno en el que vivimos

El lugar y las condiciones en las que vivimos también importan. La degradación ambiental, determinadas formas de contaminación, la exposición a algunos contaminantes con efectos sobre el sistema nervioso o vivir en entornos inseguros pueden influir directa o indirectamente en nuestra salud.

Pero el entorno no se limita únicamente al lugar donde vivimos. También existen acontecimientos capaces de modificar las condiciones de vida de poblaciones enteras.

Las crisis económicas, los conflictos armados, las emergencias humanitarias, los brotes de enfermedades, los desplazamientos forzados o las consecuencias del cambio climático pueden provocar pérdidas, incertidumbre, inseguridad, dificultades económicas, separación de las redes de apoyo y cambios profundos en la vida cotidiana. Todo ello puede repercutir en la salud mental.

Los factores no aparecen de uno en uno

Probablemente esta sea una de las ideas más importantes para entender todo lo anterior: los factores de riesgo pueden relacionarse y acumularse.

Una dificultad económica puede coincidir con problemas de vivienda, inseguridad laboral y un mayor nivel de estrés. Perder un trabajo puede afectar a nuestros ingresos, nuestra rutina y nuestras relaciones. Sufrir discriminación puede favorecer el aislamiento. Una enfermedad física puede cambiar nuestra vida cotidiana y hacer que necesitemos más apoyo.

Por eso no siempre podemos señalar un único motivo y decir: “esto es lo que ha causado que esta persona se encuentre así”. Normalmente la realidad es bastante más compleja.

Y tampoco debemos confundir riesgo con destino. Como señala la Organización Mundial de la Salud (OMS), “Ningún factor por sí solo permite prever de forma fiable los desenlaces en materia de salud mental”.

Hay personas expuestas a circunstancias difíciles que no desarrollan una afección de salud mental y otras que pueden atravesar problemas aunque no exista un factor de riesgo claramente identificable.

Comprender todo esto nos permite mirar la salud mental desde una perspectiva más amplia. No somos únicamente nuestros pensamientos, nuestra genética o aquello que nos ha ocurrido. Somos también nuestras relaciones, nuestro entorno, nuestras circunstancias y la manera en la que todos esos elementos se relacionan a lo largo de nuestra vida.

Por eso, para comprender cómo se encuentra una persona, también necesitamos comprender el contexto en el que está viviendo.

Fuentes (5)
  1. Organización Mundial de la Salud (OMS)
  2. comparación social
  3. convivimos y nos relacionamos
  4. determinantes sociales
  5. trabajando
06¿Por qué es importante cuidar de nuestra salud mental?

Cuidar nuestra salud mental no debería empezar únicamente cuando sentimos que algo va mal. También implica desarrollar y mantener recursos que nos ayuden a afrontar las situaciones que forman parte de nuestra vida. La Organización Mundial de la Salud (OMS) explica que existen factores de protección que pueden contribuir a fortalecer nuestra capacidad para hacer frente a las dificultades, entre ellos las habilidades sociales y emocionales, las relaciones positivas, los entornos seguros o contar con vínculos sólidos con otras personas.

El cuidado tampoco tiene que adoptar la misma forma para todo el mundo. El National Institute of Mental Health (NIMH) señala que el autocuidado puede ayudar a manejar el estrés y que incluso pequeñas acciones en nuestra vida diaria pueden resultar útiles. Descansar adecuadamente, mantenernos en contacto con personas que nos aportan apoyo, realizar actividad física o reservar tiempo para actividades que disfrutamos son algunos ejemplos, pero cada persona puede necesitar cosas diferentes.

Por eso, cuidar nuestra salud mental también significa conocer qué nos ayuda, qué nos sobrecarga y qué recursos tenemos disponibles. No se trata de esperar a encontrarnos mal para empezar a prestarle atención, sino de incorporar como una parte habitual del cuidado de nosotros mismos.

Fuentes (2)
  1. Organización Mundial de la Salud (OMS)
  2. National Institute of Mental Health (NIMH)
07¿Cuándo necesitamos pedir ayuda?

No siempre es fácil saber cuándo aquello que sentimos forma parte de un momento difícil y cuándo puede ser conveniente buscar ayuda profesional. No existe una única señal que sirva para todas las personas, pero podemos prestar atención a la intensidad de lo que estamos sintiendo, cuánto tiempo se mantiene y hasta qué punto empieza a interferir en nuestra vida cotidiana.

El National Institute of Mental Health (NIMH) recomienda buscar ayuda profesional cuando aparecen síntomas graves o que generan un malestar importante y se mantienen durante dos semanas o más. Entre las señales que menciona se encuentran las dificultades persistentes para dormir, cambios en el apetito, problemas para concentrarse, pérdida de interés por actividades que antes disfrutábamos o dificultades para realizar nuestras tareas y responsabilidades habituales.

El tiempo, sin embargo, no debería entenderse como una regla que tengamos que esperar a cumplir. Si algo nos genera un sufrimiento intenso, empeora rápidamente o empieza a dificultar de forma importante nuestro trabajo, nuestros estudios, nuestras relaciones o el cuidado de nosotros mismos, también puede ser un buen momento para pedir ayuda.

Buscar apoyo profesional tampoco significa necesariamente que exista un trastorno mental. Un profesional puede ayudarnos a comprender mejor qué está ocurriendo, valorar nuestra situación y orientarnos sobre los siguientes pasos. Pedir ayuda puede formar parte del cuidado de nuestra salud de la misma manera que consultamos a un profesional cuando algo relacionado con nuestra salud física nos preocupa.

¿Dónde podemos acudir?

Si tenemos dudas sobre nuestra salud mental, podemos comenzar hablando con un profesional sanitario. En España, la Atención Primaria también contempla la atención a la salud mental y, cuando es necesario, la coordinación y derivación hacia servicios especializados. Por eso, nuestro centro de salud puede ser uno de los lugares desde los que empezar a pedir ayuda.

También podemos acudir directamente a profesionales de la salud mental, como psicólogos o psiquiatras, dependiendo de nuestras necesidades y circunstancias.

Hay situaciones que requieren una respuesta más inmediata. Si una persona tiene pensamientos, ideación o riesgo de conducta suicida, en España puede contactar con la Línea 024 del Ministerio de Sanidad. Es un servicio gratuito, confidencial y disponible las 24 horas del día, todos los días del año, tanto para las personas afectadas como para familiares y allegados. La propia línea puede orientar hacia los servicios sanitarios correspondientes y, cuando existe una situación de emergencia, realizar la derivación al 112.

En caso de una emergencia vital inminente, se debe contactar directamente con el 112. La Línea 024 no sustituye la atención presencial de un profesional sanitario cuando esta sea necesaria.

Pedir ayuda no significa haber llegado al límite. A veces significa simplemente reconocer que aquello que estamos viviendo merece atención y que no tenemos por qué afrontarlo sin apoyo.

Comprender las bases de nuestra salud mental no nos permite tener una respuesta para todo lo que sentimos, pero sí puede ayudarnos a prestar más atención a lo que nos ocurre, comprender mejor nuestro contexto y reconocer cuándo puede ser el momento de buscar ayuda.

Fuentes (3)
  1. National Institute of Mental Health (NIMH)
  2. Atención Primaria
  3. Línea 024

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